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5- Cuando hablan los recuerdos
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Poemas de Juan Ramón
Tenemos el placer de presentar varios de los poemas que hasta ahora mantuvo inéditos el poeta Juan Ramón Quiñones, creador de la Poesía Infinita. Triste camino Por Juan Ramón Quiñones
En mi triste camino multipliqué mis huellas. Una por dos, el hambre canta a la perdición; dos por dos, en un cuadro revelo nuestra estrella; cuatro por cuatro, ruina en el clan de comedias, y dieciséis por cuatro, por la resurrección. Y de súbito nació Pitágoras en mi amplio espectro zodiacal, y entonces aprendí a sumar la cadena inmutable de dioses y a escribir, subterráneo, y a leer en subterráneos la tabla de mis prédicas, y hallé oro en mis versos. y me encontré, durante diurnas excavaciones, sobre quebradas huellas, y canté a los dioses, y me comprometí a respetar virtudes y a reverenciar siempre las profundas pisadas de todos mis anhelos y el verbo de mis padres.
Y en mi triste camino vi cofres pitagóricos donde encontré virtudes más preciadas que el vino, más doradas que el sol, y desperté con Eva y preparé mis pies. El mundo se inició con nuestras firmes huellas. y nos enamoramos del viento y de la lluvia y en el oriente quedó clavada la más grande hazaña de una virgen y de un descostillado y salvaje cordero.
Y seguí arrastrándome en la franja huesuda donde mis pies hundían el pasado, y con dolor en mis rodillas frágiles busqué nuestro futuro, y eché a los cuatro vientos la maldición primera y nos reconocimos, Eva y yo, en la fuente de los altos deseos y en el pico mojado por salvaje libido que ardorosa chocaba entre labios y lenguas.
Y los juegos olímpicos me los imaginaba celebrándose en medio de la inhóspita selva.
¡Oh, camino de corta y sucia longitud, pavoroso sendero marcado por la nada!, camino que es la vía que recorren las ratas; sendero descubierto entre altos manzanos, medido por la lengua de pitonisa diosa, abierto por la voz óptima de serpientes.
Y quedaban atrás las flores y las fuentes, rastros de nuestra espada, sospecha de venganza, indicio que revela la sed del corazón y deseos de frecuentes paseos y caminatas. Y nos topamos fríamente con sangre en la quijada de un hijo pasajero, eternamente efímero. Y se arrastró la lluvia en párpados abiertos. Y en nuestros lodazales dormimos tras un baño entre hambrientos gusanos.
Olvidada, la espada resplandece en el óxido. Olvidada, la luna permanece olvidada. En ella se ven huellas de la pasión humana.
Cadenciosa camina, cubierta de hojas, mi Eva; y ella, mi sorprendida estrella cazadora de frutas y serpientes, me acompaña en el éxodo. ¡Oh, trémula costilla que hace florecer jardines en tu lengua! se masturban los truenos y los nueve querubes.
Me hicieron muy estrecho el camino a Poniente cuando apenas yo veía que la luz se posaba entre mis gruesos labios y entre el vientre de mi Eva y en sus tímidos senos.
¡Oh, manzana que gira sobre ardientes deseos!, te pusiste tus gafas para ver quién se acerca a las proximidades de las cuatro estaciones y al jardín del infierno.
No encuentro mis risas ni gajos de luceros ni arrugas de suspiros nii mi espíritu eterno. Sólo atisbo las luces que trémulas se esconden en cavernas y cielos y en escamas del suelo.
¡Oh, murallas! ¡Qué gratas son las rojas manzanas a todos mis sentidos, a mis cinco sentidos puestos a relucir en los juegos olímpicos, en medio de la selva! Casi ando al descubierto derribando obstáculos, subiéndome a los hombros de futuros cadáveres. Meciéndome en las penas, en alegrías huecas junto a sonrientes títeres. Subiéndome, también, a ayes esperanzados, y caminando en sendas con pocas barandillas, sin mirra, sin incienso.
Piso mi ayer de metas, proyectos y visiones. ¡Oh, grande polvareda, sólo quedan recuerdos, vagos besos sedientos de florecidos pétalos y la sal de mis lágrimas sobre una hoja sin dueño!
Se nublan mis recuerdos en el triste sendero, detrás de las veredas. se esconde mi memoria en sepulcrales versos.
Pasos hacia el futuro, búsqueda entre las piernas del tembloroso espacio que olvidó primaveras, que atravesó cosechas, que oscureció en tenue y rica primavera. ¡Oh, mis sueños! ¡Oh, mi Eva! ¡Oh, sueños retocados al cantarme la aurora!, hora de preguntarle a un ángel desplumado sobre la ida del día y del amanecer. ¡Oh, caída de la gloria! ¡Oh, subida del dolor! Cuatro por dieciséis, voz para renacer: ¡Ha muerto, ha muerto el Rey! ¡Oh, mis sueños! ¡Oh, mi Eva!
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