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2 de marzo del 2006

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Juan Ramón Quiñones

 

Invitados al sueño

A presenciar mi sueño vienen aves de mundos inimaginables. Llenan plazas,  jardines y bosques que de antaño escenarios son de mis alucinaciones y quimeras. En su sitio, palomas xixiflovi;  en lugar apartado, cotorras, pericos, guacamayos y loris del rosado mundo Koskobruk; cerca del río, patos, pelícanos y flamencos de Pepaflam; cien lechuzas y diez búhos de Oscuratán, planeta sin el brillo del sol, pero adorado por Palas Atenea; y aquí y allá miles de entidades voladoras por mí bien conocidas. 

Nana Mouskouri llora a mi costado izquierdo, y se escucha la más dulce de las furtivas lágrimas. Silencio, las aves lloran, un ángel canta. A mi lado derecho, Gina María Hidalgo eleva una plegaria en honor a “Las voces de los pájaros de Hiroshima”. Al frente, los recuerdos se hunden en la inmortalidad. Silencio, silencio, la muerte se viste de gala en la inconsciencia. Luego se ve a Beethoven, trae  en la barca del río un paquete de esperanzas comprimidas y lo vacía en mi sueño. Gozo inmenso del Cosmos, y el público sus alas bate y mi coro canta: “Escucha, hermano, la canción de la alegría /.../ Si es que no encuentras la alegría en esta tierra /... / búscala, hermano, más allá de las estrellas”.

Multicolores luces se mueven sobre el planeta, las aguas todas se agitan, mis visitantes piden a canto la representación de la lámpara de Aladino, la presencia de Alicia, de la Caperucita Roja y de los personajes concebidos en mi sesera. Se escucha una flauta mágica al tiempo de que vemos con agrado un mago montado en una alfombra.

Mientras tanto, invito a mis inolvidables ninfas a bañarse en mis ilusiones. Y yo, con el permiso de Apolo, en el bosque  recojo pelo de Dafne para coronar de gloria a mis eufóricos invitados. Olemos a laurel, es olor de santa paz, alegría y honra galácticas.

Schumann, Verdi, Chopin, Wagner entran, se inclinan y saludan. Ovación y  entusiasmo extraterrestres.

Y largo es mi sueño... El tiempo extrae horas de mis ojos... Mezo la cuna del mágico mundo que canta y llora en mi almohada. 

 

enlard@hotmail.com