Sitio para tres

LA GRAN VERDAD

En los Cielos y Valles del Olimpo

PARA LAVAR CREENCIAS
E INCREDULIDADES

Mi rostro sólo en las fuentes de los dioses encuentra el elíxir de la juventud y de la felicidad.


Mientras yo ejercía el diarismo, trabajaba con la idea de ir a Grecia. Llevaría en la mano derecha una pluma y una libreta, y en la izquierda incienso y mirra. Iría a documentarme  sobre la vida en los cielos y valles del Olimpo. La existencia de Zeus adquiriría otro significado conceptual en mi cerebro y tal vez su lluvia me bañaría la conciencia.

Yo, a la edad de 128 años, en el Olimpo; yo allí entrevistando a Zeus, representaba uno de mis más caros sueños. Yo, regocijado, viendo a Rea, a Afrodita, a Deméter, a Gaya, Hestia, Temis, Atenea, Artemisa y a Hera. Yo presentando mis credenciales al Sumo Orientador de los dioses y de los mortales: "Soy un feliz y dichoso mortal, fabricante de sueños e ilusiones, y vengo en pos del pleno conocimiento  y pido permiso para informarme sobre los acontecimientos en los cielos y valles del Olimpo".

Sí, hijas, yo debía ir a Grecia. Conocer a Zeus personalmente era un premio a mi curiosidad. ¡Cuántas notas podía yo recoger acerca del portentoso padre de la lluvia! Y yo quería, hijas, ver a Zeus amasando nubes y fabricando rayos y relámpagos. Y anhelaba verlo administrando justicia, otorgando clemencias y castigando a los malvados.

También yo concebía ilusiones de hallar un oráculo en Delfos y otro en Delos. En esos lugares consultaría a las pitonisas porque deseaba conocer mi suerte en las mil y una batallas que me reservaba el destino.

Yo, joven animalito expuesto a la luz de un futuro incierto, alimentaba mi instinto de conservación con inquietudes y anhelos.

En mi libreta dibujaba triángulos equiláteros y en cada línea tenía muy al día este presentimiento: Mi alma bajará por la escalera del Sumo Zeus a mi rojo círculo natal. Y yo, que nunca he envidiado a Apolo ni a nadie, buscaría el favor del Padre de los vientos de permitirme correr saludable, libre y feliz por la senda de los mortales hasta el sitio donde se parte de regreso al origen.

Y por eso, en mi libreta yo delineaba los triángulos repetidas veces. Sobre los ángulos escribía y pintaba los colores primarios. En la cima, amarillo; rojo en la base visual, a la izquierda, y azul, a la derecha. Padre, hijo y espíritu.

Y me imaginaba, hijas, una agradabilísima estadía en el Olimpo, y veía mi libreta llena de datos divinos.

A Zeus, allá arriba, sentado en su trono, iluminado por todas las fogatas del universo, le pediría prestado un rayo de luz para yo iluminar un poco más mi sesera.

Y me imaginaba mi renacimiento y gloriosas andanzas en los valles. Allí, donde los corderos están expuestos al sacrificio, luego de reiniciar mi nacimiento y de afinar mi antiguo grito, buscaría socorrer con cantos a  mis delirios y someterme a la verdadera razón existencial: a la ilusión.

Y en la casa donde habita la luz, después del paseo de los 128 años por los cielos y valles del Olimpo, ascendería de nuevo a los predios de Zeus. Y sería  aquí donde publicaría mis notas.

Hijas, todavía sueño con ir a Grecia. Y cuando vaya, seré un anciano consciente de que con las aguas y la luz de Zeus asearé mis creencias e incredulidades.

Juan Ramón Quiñones


21.1

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