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LA GRAN VERDAD

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Juan Ramón Quiñones

El Ayer y los Monstruos de Hoy

A los fondos del universo se han ido mis mariposas

Mariposas y Monstruos

Los desfiles de mariposas, el estacionamiento de bibliotecas ambulantes frente a nuestros hogares y los abrazos y apretones de manos eran pequeñas partes felices de la vida pueblerina de mi época.

Conocíamos la cantidad de patas y alas que tienen las mariposas y nos maravillábamos ante las sacudidas y vuelo zigzagueante de estas magníficas criaturas y gozosos las veíamos posarse en nuestras manos y las dejábamos disfrutar de su paso por la vida, y livianas y transparentes iban a todos los rincones del pueblo, y veíamos el aire llenarse de colores.

Los vehículos repletos de libros anunciaban su anclaje en cada calle del pueblo. Nos prestaban las obras y nos daban hasta tres meses para leerlas. Mientras tanto, los vecinos y los no vecinos se deseaban los buenos días con palabras envueltas en dulces sonrisas. Y un abrazo aquí, otro allá, y una mano sobre otra, y una caricia siempre dejaba huellas luminosas en el rostro infantil.

De esa manera, hijas, las pequeñas felicidades formaban parte del majestuoso conjunto de bienestar de que disfrutábamos.

En la escuela, los muchachos debían realizar composiciones sobre el amor. Nunca se le explicaba al niño las diversas variantes de los sentimientos que ligan una persona a otra porque el amor era tenido y mantenido como un sentimiento divino, único y universal. Ayer, junto a los buenos sentimientos que henchían de bondades nuestros corazones, estaba la tarea de formar ciudadanos ejemplares, con amor propio y dignidad, y existía el temor a las guerras y a las desconsideraciones. Entre amor, dulzura y ternura, batíanse a suspiros la vida y la esperanza.

¡Y ha pasado el tiempo, hijas! Y hoy no se puede distinguir si el amor es amor, dolor u odio. Y el pasado y el presente -tiempos que se acarician al desnudo en cualquier esquina- vuelan unidos, como buitres, y preparan meticulosamente  los días futuros para los monstruos que crecen en nuestras ciudades.

¿Quién, hijas, puede escribir hoy sobre el amor? ¿Algunas madres y algunos hijos o algún ser piadoso con cocuyos religiosos en el cerebro? ¿Nosotros?

Al amor del recuerdo, la nostalgia nos habla del "ambosador", del matarilerile, del topao, del trúcamelo, de la rueda-rueda, de muñequitas de trapo, de carritos chocones, de maroteos y de mil aventurillas parecidas, en ocasiones, a las de los sobrinitos del Pato Donald y a las de Daniel el Travieso.

¿Díganme, hijas, cómo podrían estos monstruos que nos rodean compartir mesa con Cervantes y Shakespeare? Parece que el tiempo ha roto en dos mil y dos partes la clasificación social de los seres humanos. ¿Quiénes conocen el lugar donde están parados? Dejemos esto, hijas, a Umberto Eco, quien explica con lujo de detalles, en su obra Apocalípticos e Integrados, la presencia de las masas en este atribulado mundo.

En nuestras relaciones amorosas con la luz, cuando niños y jóvenes, no sólo escribíamos acerca del amor, sino también sobre la amistad. Y aun desconociendo nosotros la amplitud del significado del término amor, nuestros maestros nos hacían sentir y vivir el mundo de los clásicos. Y de ahí es que, hijas, el amor a la belleza y a la verdad  nos purifica aún más los sentimientos para ignorar a los monstruos que nos rodean.

Hijas, ¿estoy hablándoles de amor? Por amor del Todopoderoso, las desconsideraciones y las ofensas de los monstruos no atropellarán hoy la paz y la armonía cultivadas por nuestros espíritus en el regazo materno, en los juegos infantiles y en las salas y libros de los maestros. Amén.

Juan Ramón Quiñones

12.1

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